| Personas sin hogar en refugios improvisados (foto de archivo) |
Durante la Reunión de Alto Nivel de la Asamblea General de las Naciones Unidas sobre la Nueva Agenda Urbana —celebrada en el décimo aniversario de su adopción—, Monseñor Robert Murphy, Consejero de la Misión Permanente de la Santa Sede ante la ONU, afirmó que el desarrollo urbano no debe medirse solo por la economía o la infraestructura.
La verdadera sostenibilidad ciudadana radica en la capacidad de erradicar la pobreza, reducir la desigualdad, frenar la degradación ambiental y garantizar que cada persona se realice y contribuya al bien común. Remarcó que toda ciudad es una comunidad de individuos con dignidad intrínseca dada por Dios, la cual debe ser respetada y protegida.
El derecho a una vivienda digna
Citando la encíclica Magnifica Humanitas del Papa León XIV, monseñor Murphy recordó que una sociedad justa exige instituciones capaces de superar la mera eficiencia para volcar recursos en beneficio de los más vulnerables. Aseguró que si los entornos urbanos no apoyan a las personas sin hogar ni a quienes viven en la pobreza, no están cumpliendo con la visión de la Nueva Agenda Urbana.
El diplomático subrayó que la falta de vivienda es una grave violación de la dignidad humana que priva a las personas de seguridad, privacidad, estabilidad y pertenencia, bloqueando el ejercicio de sus derechos fundamentales y atrapándolas en círculos de exclusión. Un hogar no debe tratarse como un activo financiero o una mercancía, sino como la piedra angular del bienestar social.
Llamado a la inversión y prevención integral
La Santa Sede instó a la comunidad internacional a interpelar su conciencia y realizar mayores inversiones en viviendas accesibles, servicios sociales integrados y planificación urbana. Este plan debe abordar las causas profundas de la marginación —como la pobreza, el desempleo, la drogadicción, la salud mental, la desintegración familiar y los conflictos— mediante la colaboración activa de gobiernos, la sociedad civil, las organizaciones religiosas y los propios afectados.
Solidaridad e inclusión internacional
Asimismo, se instó a promover políticas que vinculen educación, empleo, salud y vivienda. Para lograrlo, monseñor Murphy abogó por una renovada solidaridad internacional hacia los países en desarrollo (especialmente los insulares y sin litoral), apoyándolos con transferencia de tecnología, financiación adecuada y desarrollo de capacidades frente a la rápida urbanización.
Para concluir, citando nuevamente Magnifica Humanitas, se enfatizó que el desarrollo solo es genuinamente humano cuando sitúa a la persona en el centro. Este principio rector debe guiar la agenda urbana para convertir las ciudades en espacios de fraternidad, encuentro, inclusión y esperanza para todos.